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Los correctores de estilo solemos pasar desapercibidos. No cabe duda: se trata de una profesión poco conocida y hasta impopular. Si no tienes ni la menor idea de lo que hace un corrector de estilo pero te suena a estilista, sigue leyendo.

Cuando alguien que acabo de conocer me pregunta a qué me dedico, todo va bien hasta que pronuncio las palabras “corrección de estilo”. Algunos, por supuesto, saben de qué hablo, pero la mayoría se queda en blanco. Los más curiosos me preguntan de qué se trata, otros sonríen con condescendencia o fingen saber mientras se apresuran a pasar a la siguiente pregunta.



Trato de imaginar qué pasaría por la cabeza de mis interlocutores si no supieran nada más de mí, si en lugar de dar toda una explicación sobre mi trabajo me limitara a decir “corrijo estilo”. Tomando en cuenta que la palabra “estilo” ha sido secuestrada por las revistas de moda y belleza (Google no me dejará mentir), quizá me imaginen por ahí amonestando a quienes cometan el terrible error de combinar zapatos, accesorios y bolsa del mismo color. La verdad no tengo ni el más mínimo talento para eso, aunque la analogía no es tan mala como podría parecer en un principio.

Vayamos por partes. En términos simples, el corrector de estilo se ocupa de revisar que no aparezcan faltas de ningún tipo en un texto escrito. Los errores pueden ser desde una inversión de letras (pecsar en vez de pescar), omisión de acentos, acentos mal colocados y errores de puntuación, hasta problemas de sintaxis o de estructura. Pero contrario a lo que pueda pensarse, su labor no se reduce a detectar erratas como una máquina: su fin último debe ser mejorar lo escrito en todos los sentidos.

Y es aquí donde la analogía inicial cobra sentido. Supongamos que por la razón que sea una mujer quiere o necesita (por ejemplo, para una entrevista de trabajo) uno de esos tan populares cambios de imagen. Puede ser que tenga el talento y las habilidades para hacerlo por ella misma; si no, necesita la ayuda de un experto. Tal vez lo primero que se le ocurriría es ir con un diseñador de imagen. Él o ella, entre muchas cosas que yo ni siquiera imagino, sugerirá qué prendas debe usar la susodicha para cada ocasión y en concreto para la entrevista de trabajo. Tiene sentido. No irías vestido de la misma manera a una fiesta y a una junta en la oficina, ni siquiera te vestirías igual para una fiesta familiar y para una reunión entre amigos. Un corrector de estilo, como el “diseñador de imagen” de un texto, se asegura de que el lenguaje empleado sea el conveniente para cumplir el objetivo de su autor, sea vender, defender una hipótesis o conquistar al hombre o la mujer de sus sueños.

Pero el asunto no termina ahí. Volviendo con la analogía, el siguiente paso (como ocurre en todos los programas de cambio de imagen o por lo menos en los que yo he mal visto) es el maquillaje. Si la mujer acude con un maquillista, digamos con un buen maquillista, no pretenderá que haga cambiar sus facciones hasta hacerla parecer otra persona. Después de todo, no es un cirujano plástico. Un buen maquillista hará lo posible por resaltar el tono de los ojos con una sombra adecuada o por acentuar la forma de los labios delineándolos; quizá aplique un poco de polvo aquí y allá para disimular una manchita de sol o las consecuencias de una desvelada. Es decir, intentará por medio del maquillaje destacar las cualidades de nuestra mujer imaginaria: las que ya tiene. Quien corrige un texto procede de manera similar. Al leerlo y trabajar con él no se limita a tachar por todas partes, sino que procura hacer más evidentes sus aciertos respetando en lo posible el estilo de quien escribe.

Toma nota: así como un maquillista de confianza no es quien sabe en teoría cómo maquillar, un buen corrector de estilo no es sólo aquel que conoce a la perfección las reglas gramaticales o es experto en el tema sobre el que has escrito, sino ese que posee la sensibilidad para leer entre líneas, para entender cuál es el objetivo del texto (su razón de existir) y ponerse en la piel de sus lectores, así como para escuchar con atención las particularidades de la voz de quien escribe y hacerla salir a flote en su mejor versión.

Escrito por Nidia Cuan.