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Cambiar comas, separar párrafos, añadir o suprimir acentos son cosas que se da por sentado que hace un corrector de estilo, pero hay otras tantas que tal vez no todo el mundo advierte y son igual de necesarias para dejar “limpio” un texto. Hoy te dejo tres de esas impopulares funciones.


1. Eliminar cacofonías

La palabra cacofonía es de por sí cacofónica. De acuerdo con la RAE, “cacofonía” se define como: “Disonancia que resulta de la inarmónica combinación de los elementos acústicos de la palabra”. Por ejemplo, si tú escribes: “Quisiera que me comunicaran aproximadamente qué cantidad de producto van a querer y qué tan frecuentemente lo quieren”. Además de poco concisa y no muy clara, la frase es cacofónica. En primer lugar, por el exceso del sonido /k/ (lee en voz alta y verás), pero también porque sin ninguna intención ‘aproximadamente’ rima con ‘frecuentemente’.

Incluso puede ocurrir que dos palabras al escribirse una junto a otra formen una sola palabra obscena, como en el título de un libro con el cual me topé hace un par de días: Rema mar adentro.

En estos casos, el corrector realiza los cambios pertinentes para eliminar los “sonidos” molestos. En el primero, quizá decida sustituir los adverbios (terminados en –mente) por sinónimos con otra terminación o por una frase equivalente. El segundo ejemplo es más complicado. En tanto el título es la cita textual de un versículo bíblico (Lc-5, 4), el corrector no puede sugerir con toda libertad uno diverso. Lo que sí puede es hacer notar el inconveniente de mantener el título tal cual. En cualquier caso, la decisión final quedará en manos del autor o de la editorial.


2. Eliminar repeticiones de palabras

En muchas ocasiones escribimos como hablamos. En la lengua oral, las repeticiones suelen ser frecuentes y hasta necesarias. Decimos cosas como: “Te espero ahí afuera a las diez, ahí afuera de la oficina, en la banquita que está afuera”. Claro, necesitamos que quien nos escucha sepa claramente dónde lo encontraremos: afuera, en la banquita, no junto al puesto de revistas ni en el restorán de enfrente.

En tanto el habla es efímera, la repetición se vuelve un recurso para asegurarnos de que nuestro interlocutor recuerde lo más importante de todo lo que hemos dicho. En la lengua escrita no es necesario. Mientras la redacción sea clara, quien no recuerda algo que ha leído puede simplemente releerlo. Otras veces las repeticiones no se producen como consecuencia de un calco de la lengua oral, sino sólo por distracción; revisamos tan aprisa que no nos damos cuenta de que hemos escrito la misma palabra uno o dos renglones arriba. La ventaja de que alguien más lea tu texto es que leerá sin dar nada por supuesto, poniendo toda su atención en este tipo de detalles.


3. Corroborar la veracidad de datos o cifras dudosos

Las funciones del corrector de estilo no se limitan a la redacción. El contenido del texto es tan importante como la forma en la que está presentado. Por esto, el corrector debe poseer una cultura general lo bastante sólida para ser capaz de distinguir errores conceptuales o información incorrecta. La mayoría de las veces se trata de errores “de dedo”, e inferir el dato correcto es muy sencillo. Es el caso de un texto que dijese: “La Revolución Industrial, que comenzó en el siglo XVII…”. Queda claro que lo que falta es un “I”.

Otra cosa es si en un artículo leemos que: “En el año 2000, la población total de México era de 112 322 757 habitantes”. Aunque un corrector que lea con cuidado y tenga noción del estimado total en la actualidad notará que por lógica hay un error en la cifra de habitantes o en el año, para dilucidar cuál de los dos datos es el incorrecto deberá corroborar la información consultando una fuente confiable.

Escrito por Nidia Cuan.