Hace poco tiempo encontré en el armario de mi antigua habitación una caja llena de papeles. Siempre he tenido la afición de guardar todo aquello que me parece significativo:desde los recados que furtivamente llegaban a mí en medio de la clase de matemáticas, hasta el palito de la paleta de limón que me regaló mi primer amor imposible. Cuando tomo esos objetos entre mis manos algo me posee: vuelvo a ver con ilusión el palito de la paleta y siento temor de ser descubierta leyendo “Pepito y Ana son novios”.

No sabía que esa manía de acumular objetos como anclas fuese herencia de mi madre; en la misteriosa caja encontré recados míos, escritos con letras gigantes cuando era una chiquilla. Muchos de ellos eran simples “te qiero”, en otros pedía disculpas por “habercon testado feo” o por “haberle pegado a mi hermano”. Creo que desde entonces intuía que las palabras tenían el extraño poder de curar, por lo menos a uno mismo.



Cuando crecí, la intuición se volvió una certeza. Conocí a Gloria en un taller de autobiografía. Era una mujer de casi ochenta años. Hablaba poco y llevaba un puñado de hojas en las que ya había escrito algunos recuerdos con impecable letra azul marino. Cuando le pregunté cuál era la razón por la que quería escribir una autobiografía, dijo: “Yo lo que quiero es entender qué pasó”. Gloria no tenía ni la más mínima intención de dejar un legado a sus hijos (como he visto que hacen otras personas de su edad), incluso no le importaba si nadie fuera de nosotros leía lo que había escrito. Pensé que quizá así se nos pase la vida: viviendo sin entender muy bien qué fue lo que pasó. Como alguien que nunca ha visto una película completa porque siempre hay algo más urgente que hacer y entonces se queda con el principio, con dos o tres escenas en desorden y un final. Porque no importa, porque el tiempo es oro y mañana hay que trabajar.

Con el paso de los días, advertí que Gloria no recordaba muchas cosas. Otras ni siquiera las sabía. Cada silencio era una herida, y ella quería hablar de los silencios. Aunque ignoraba, por ejemplo, por qué su madre se había marchado un día sin dar ninguna explicación, se detenía ahí, describiendo una y otra vez una maleta verde, los ojos de niña que espían desde el cuarto mientras la hermana mayor duerme y hasta sueña. Tampoco tenía pistas de aquel hijo que había emigrado hacía años a los Estados Unidos, pero en él Gloria pasaba días enteros de manuscrita azul marino.

Supongo que por males propios de la edad, atesoraba muy pocas anécdotas de su niñez, sólo tenía la idea de haber estado un siglo siendo niña y el presentimiento de haber sido extrañamente feliz. No conservaba cartas, mucho menos fotografías. Nada material la unía a aquel pasado que ahora añoraba.

A veces escribía versiones distintas de una historia: si una semana antes su primer novio había sido ferrocarrilero, para la siguiente había trabajado en una ferretería cerca de la estación de ferrocarril. Guardaba ambas: la misma historia cabía infinitas veces en el hato de hojas blanquiazules.

A pesar de cuánto le costaba escribir, llegaba puntual a las sesiones y cada jueves me entregaba una hoja nueva. Yo no podía dejar de sentir que me daba un acertijo, uno hermoso. Después, se sentaba en la esquina del salón con la pluma azul dispuesta. Sonreía desde la primera fila mientras escuchaba las historias del resto y me daba la impresión de que en realidad sabía más de ellos que de sí, de que había vivido secretamente las vidas de los otros y que de alguna manera conocía el final de cada uno.

Debo confesar que soy de las que piensa que toda autobiografía tiene un poco -o un mucho- de ficción. Nuestro recuerdo del primer día de escuela está “contaminado” por la fotografía que la tía enseña en cada reunión familiar y también por las historias de los demás: lo que cuenta nuestra madre y los detalles que aquí y allá añade el padre. Quizá en realidad no recuerdas ese oso de felpa que tres años llevaste contigo a todas partes, pero tu amor hacia él es tan real sólo por el placer que provoca escuchar esa historia: la de ti abrazándolo con todas tus fuerzas en una noche de relámpagos o aferrado a él mientras el doctor te amenazaba con una aguja imposiblemente gigante. Quizá -y lo acepto- en realidad mi nunca consumado primer amor jamás me regaló una paleta de limón. Pero ¿en realidad importa?

Para entender como quería, Gloria no tuvo otra salida que imaginar. Con paciencia, ella misma tejió sus propios recuerdos. Le dio voz y rostro a la madre ausente, nos hizo saber de ese río de un olvidado pueblo tamaulipeco en el que se bañaba cuando la luz del atardecer se colaba entre las hojas, pero también de la forma en que la debió mirar su hijo el día de la despedida: “como sabiendo que no iba a volver”. Y esa frase dotaba al universo de sentido.

A Gloria parecía no importarle que los demás pensaran que había “falsificado” recuerdos. Yo creo que todos lo hacemos. Aquella mujer sabía -sin que nadie se lo hubiese dicho- que las palabras son un don. Sabía que a veces lo único necesario para sanar es eso: tener una historia que contar.

Escrito por Nidia Cuan.

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