Cuentos de terror

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  1.  

     Capítulo 1

    Hay varias cosas con las que una puede contar durante la Temporada de Londres: un incontenible aluvión de invitaciones, amigos cuyas lealtades se revelan sospechosas, y al menos un pretendiente excesivamente fervoroso. Este año no iba a ser la excepción.

    Habiendo abandonado recientemente el luto por mi difunto esposo, Philip, vizconde de Ashton, tenía la determinación de adoptar una postura hedonista ante la vida social, cosa que esperaba supondría no aceptar más que las invitaciones más atrayentes y verme obligada a descartar conocidos desleales. Esto me permitiría disfrutar de los meses estivales en lugar de arrastrarme de fiesta en fiesta, sintiéndome mortalmente exhausta y siendo objeto del cotilleo que alimenta los juegos de los jóvenes bárbaros.

    No obstante, casi de inmediato quedó claro que mi teoría era errónea. Declinar asistir a fiestas resultó no tener el efecto deseado. En lugar de dejarme fuera de sus listas de invitados, la gente parecía suponer que estaba tan solicitada que prefería asistir a eventos más exclusivos que los suyos, y hay pocas formas mejores de incrementar el volumen de invitaciones que aparentando popularidad. De manera que durante un breve —muy breve— período de tiempo, mis semejantes me tuvieron en alta estima. Fue durante este período cuando me encontré en casa de Lady Elinor Routledge, una de las anfitrionas más distinguidas de Inglaterra y vieja amiga de mi madre. Por definición, pues, el estatus social de una persona le preocupaba más que cualquier otra cosa. A pesar de ello, había decidido asistir a su fiesta en el jardín por dos motivos. En primer lugar, quería ver sus rosas que, según el rumor, no tenían igual en toda Inglaterra. En segundo lugar, esperaba conocer a Mr. Charles Berry, un joven cuya presencia en la ciudad había provocado cierto revuelo entre la aristocracia. Las rosas sobrepasaron todas mis expectativas; desgraciadamente, el caballero no.

    Al entrar en el jardín de Meadowdown, una se veía transportada del persistente calor de las calles de Londres a un espléndido oasis. Con motivo de la fiesta, se habían distribuido pequeñas carpas por entre setos, árboles y lechos de flores, garantizando así que los invitados nunca estuviesen más que a solo unos pasos del fresco, y el son de una pequeña orquesta se deslizaba por los jardines. Las jóvenes revoloteaban por ahí, con sus vestidos de vivos colores compitiendo con las flores por la atención y raramente perdiendo la batalla. Los caballeros, vestidos con levitas negras, también se veían elegantes, manteniendo a sus acompañantes bien provistas de helados, fresas o cualquier otra delicia que se les antojase.Et in arcadia ego.Poco costaría imaginar en tal escenario a un príncipe casadero, todo cortesía y desenfado, otorgando sus favores graciosamente a quienes le rodeaban. Pero no había tal caballero en casa de Lady Elinor aquel día. El único príncipe allí presente, si se le podía llamar así, fue una seria decepción.

  2. Uno

    Gustavo se marchó dando un portazo y Joaquina quedó como clavada en medio de la sala. En su cabeza resonaban, con tal fuerza que le hacían daño, las palabras de su hijo: “¡Vete a la mierda! ¡Déjame en paz!”.

    Joaquina estaba desconcertada, incapaz de adivinar qué sucedía.

    Todo aquello era demasiado incomprensible para ella. De repente su vida se había complicado tanto que por momentos sentía la necesidad de gritar de impotencia. Pero claro, no lo hacía; ¿qué dirían los vecinos si la oyeran chillar como una loba rabiosa?

    Inmóvil en medio de la sala, notaba que las piernas le temblaban. “Cuando venga Ramón hablaré con él. Esto no puede seguir así”, se dijo, aunque en realidad le daba cierto reparo explicarle a su marido lo que sucedía; él era tan drástico... No sabía qué hacer. A pasos lentos se encaminó a la cocina.

    Abrió la nevera y, tras echar una ojeada, decidió que aunque no fuese domingo haría canelones. Eso la mantendría entretenida un buen rato y mientras estuviera guisando no pensaría en otra cosa. Además, los canelones eran el plato preferido de Gustavo.

    Claro que a Fernando también le gustaban. “Pobre hijo, con los dolores de cabeza que me causa el otro, casi no me ocupo de él”, se dijo.

    Meneó la cabeza, resignada.

    Encendió la radio y se puso a la tarea. Cuando tenía la fuente lista para meterla en el horno, llamaron a la puerta.

    “¡Debe de ser Gustavo que con las prisas ha olvidado sus llaves!”, pensó esperanzada, y corrió hacia la puerta. Pero no era Gustavo quien llamaba sino su vecina Martha, que vivía en el mismo rellano, en el quinto tercera.

  3.  

     Había soportado lo mejor posible los pequeños agravios de Fortunato; pero cuando se atrevió a llegar hasta el ultraje, juré vengarme. Ustedes, que tan bien conocen mi temperamento, no supondrán que pronuncié la más ligera amenaza. Algún día me vengaría; esto era definitivo; pero la misma decisión que abrigaba, excluía toda idea de correr el menor riesgo. No solamente era necesario castigar, sino castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando la reparación se vuelve en contra del justiciero; ni tampoco se repara cuando no se hace sentir al ofensor de qué parte proviene el castigo.

    Es necesario tener presente que jamás había dado a Fortunato, ni por medio de palabras ni de acciones, ocasión de sospechar de mi buena voluntad. Continué sonriéndole siempre, como era mi deseo, y él no se apercibió de que ahora sonreía yo al pensamiento de su inmolación.

    Fortunato tenía un punto débil, aunque en otras cosas era hombre que inspiraba respeto y aun temor. Se jactaba de ser gran conocedor de vinos. Muy pocos italianos tienen el verdadero espíritu de aficionados. La mayor parte regula su entusiasmo según el momento y la oportunidad, para estafar a los millonarios ingleses y austriacos. En materia de pinturas y de joyas, Fortunato era tan charlatán como sus compatriotas; pero tratándose de vinos antiguos era sincero. A este respecto yo valía tanto como él: era hábil conocedor de las vendimias italianas, y compraba grandes cantidades siempre que me era posible.

    Fué casi al oscurecer de una de aquellas tardes de carnaval de suprema locura cuando encontré a mi amigo. Se acercó a mí con exuberante efusión, pues había bebido en exceso. Mi hombre estaba vestido de payaso. Llevaba un ceñido traje a rayas, y en la cabeza el gorro cónico y los cascabeles. Me sentí tan feliz de encontrarle que creí que nunca terminaría de sacudir su mano.

  4.  

    Morella, 1835

    El mismo, por si mismo únicamente,

    eternamente uno, y solo.

    PLATÓN, Symposium

    Consideraba yo a mi amiga Morella con un sentimiento de profundo, aunque muy singular afecto. Habiéndola conocido casualmente hace muchos años, mi alma, desde nuestro primer encuentro, ardió con un fuego que no había conocido antes jamás; pero no era ese fuego el de Eros, y representó para mi espíritu un amargo tormento la convicción gradual de que no podría definir su insólito carácter ni regular su vaga intensidad. Sin embargo, nos tratamos, y el destino nos unió ante el altar; jamás hablé de pasión, ni pensé en el amor. Ella, aun así, huía de la sociedad, y dedicándose a mí, me hizo feliz. Asombrarse es una felicidad, y una felicidad es soñar.

    La erudición de Morella era profunda. Como espero mostrar, sus talentos no eran de orden vulgar, y su potencia mental era gigantesca. Lo percibí, y en muchas materias fui su discípulo. No obstante, pronto comprendí que, quizá a causa de haberse educado en Pressburgo ponía ella ante mí un gran número de esas obras místicas que se consideran generalmente como la simple escoria de la literatura alemana. Esas obras, no puedo imaginar por qué razón, constituían su estudio favorito y constante, y si en el transcurso del tiempo llegó a ser el mío también, hay que atribuirlo a la simple, pero eficaz influencia del hábito y del ejemplo.

    Con todo esto, si no me equivoco, pero tiene que ver mi razón. Mis convicciones, o caigo en un error, no estaban en modo alguno basadas en el ideal, y no se descubriría, como no me equivoque por completo, ningún tinte del misticismo de mis lecturas, ya fuese en mis actos o ya fuese en mis pensamientos.

    Persuadido de esto, me abandoné sin reserva a la dirección de mi esposa, y me adentré con firme corazón en el laberinto de sus estudios. Y entonces —cuando, sumiéndome en páginas aborrecibles, sentía un espíritu aborrecible encenderse dentro de mí— venía Morella a colocar su mano fría en la mía, y hurgando las cenizas de una filosofía muerta, extraía de ellas algunas graves y singulares palabras que, dado su extraño sentido, ardían por sí mismas sobre mi memoria. Y entonces, hora tras hora, permanecía al lado de ella, sumiéndome en la música de su voz, hasta que se infestaba de terror su melodía, y una sombra caía sobre mi alma, y palidecía yo, y me estremecía interiormente ante aquellos tonos sobrenaturales. Y así, el gozo se desvanecía en el horror, y lo más bello se tornaba horrendo, como Hinnom se convirtió en Gehena.

    Resulta innecesario expresar el carácter exacto de estas disquisiciones que, brotando de los volúmenes que he mencionado, constituyeron durante tanto tiempo casi el único tema de conversación entre Morella y yo.

  5.  

    Berenice, 1835

    Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem,

    Curas meas aliquantulum fore levatas.

    EBN ZAIAT

    La desdicha es muy variada. La desgracia cunde multiforme en la tierra. Desplegada por el ancho horizonte, como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste, a la vez tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada por el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza ha derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Igual que en la ética el mal es consecuencia del bien, en realidad de la alegría nace la tristeza. O la memoria de la dicha pasada es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.

    Mi nombre de pila es Egaeus; no diré mi apellido. Sin embargo, no hay en este país torres más venerables que las de mi sombría y lúgubre mansión. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios; y en muchos sorprendentes detalles, en el carácter de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en los tapices de las alcobas, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero sobre todo en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca, y, por último, en la naturaleza muy peculiar de los libros, hay elementos suficientes para justificar esta creencia.

    Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con esta mansión y con sus libros, de los que ya no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es inútil decir que no había vivido antes, que el alma no conoce una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos este punto. Yo estoy convencido, pero no intento convencer. Sin embargo, hay un recuerdo de formas etéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales y tristes, un recuerdo que no puedo marginar; una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, vacilante; y como una sombra también por la imposibilidad de librarme de ella mientras brille la luz de mi razón.

    En esa mansión nací yo. Al despertar de repente de la larga noche de lo que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y de la erudición monásticos, no es extraño que mirase a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi niñez entre libros y disipara mi juventud en ensueños; pero sí es extraño que pasaran los años y el apogeo de la madurez me encontrara viviendo aun en la mansión de mis antepasados; es asombrosa la parálisis que cayó sobre las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión completa en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades del mundo terrestre me afectaron como visiones, sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños, por el contrario, se tornaron no en materia de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi cínica y total existencia.

    Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la mansión de nuestros antepasados. Pero crecimos de modo distinto: yo, enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ágil, graciosa, llena de fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo, entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando sin preocuparse de la vida, sin pensar en las sombras del camino ni en el silencioso vuelo de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y ante este sonido se conmueven mil tumultuosos recuerdos de las grises ruinas. ¡Ah, acude vívida su imagen a mí, como en sus primeros días de alegría y de dicha! ¡Oh encantadora y fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no se debe contar. La enfermedad —una enfermedad mortal— cayó sobre ella como el simún, y, mientras yo la contemplaba, el espíritu del cambio la arrasó, penetrando en su mente, en sus costumbres y en su carácter, y de la forma más sutil y terrible llegó a alterar incluso su identidad. ¡Ay! La fuerza destructora iba y venía, y la víctima..., ¿dónde estaba? Yo no la conocía, o, al menos, ya no la reconocía como Berenice.