Uno

Gustavo se marchó dando un portazo y Joaquina quedó como clavada en medio de la sala. En su cabeza resonaban, con tal fuerza que le hacían daño, las palabras de su hijo: “¡Vete a la mierda! ¡Déjame en paz!”.

Joaquina estaba desconcertada, incapaz de adivinar qué sucedía.

Todo aquello era demasiado incomprensible para ella. De repente su vida se había complicado tanto que por momentos sentía la necesidad de gritar de impotencia. Pero claro, no lo hacía; ¿qué dirían los vecinos si la oyeran chillar como una loba rabiosa?

Inmóvil en medio de la sala, notaba que las piernas le temblaban. “Cuando venga Ramón hablaré con él. Esto no puede seguir así”, se dijo, aunque en realidad le daba cierto reparo explicarle a su marido lo que sucedía; él era tan drástico... No sabía qué hacer. A pasos lentos se encaminó a la cocina.

Abrió la nevera y, tras echar una ojeada, decidió que aunque no fuese domingo haría canelones. Eso la mantendría entretenida un buen rato y mientras estuviera guisando no pensaría en otra cosa. Además, los canelones eran el plato preferido de Gustavo.

Claro que a Fernando también le gustaban. “Pobre hijo, con los dolores de cabeza que me causa el otro, casi no me ocupo de él”, se dijo.

Meneó la cabeza, resignada.

Encendió la radio y se puso a la tarea. Cuando tenía la fuente lista para meterla en el horno, llamaron a la puerta.

“¡Debe de ser Gustavo que con las prisas ha olvidado sus llaves!”, pensó esperanzada, y corrió hacia la puerta. Pero no era Gustavo quien llamaba sino su vecina Martha, que vivía en el mismo rellano, en el quinto tercera.

—Hola, querida, cada día estoy más despistada -dijo al entrar-.

¡Soy un caso perdido! Fíjate que iba a hacer una tortilla y no tengo huevos. ¿Me podés prestar un par?

Es para no tener que bajar a comprar con esta facha, ¿entendés?

—Pasa.

—¡Oh, qué bien huele! ¿Qué estás haciendo?

—Canelones.

—¡Qué ingeniosa, che! Me parece muy ocurrente celebrar el domingo en medio de la semana. O festejar las navidades en mayo o en julio, siempre y cuando te hagan algún regalito, ¿no te parece?

—Yo...

—Pero, ¿qué te pasa? No sé..., ¡te noto muy desanimada!

—No, nada...

—El que nada no se ahoga, querida, y a vos te pasa algo.

Desembuchá que soy toda oreja.

Joaquina aspiró hondo. Dudaba. Pensaba que desahogándose con Martha quizá conseguiría un poco de alivio, y que hablar del asunto tal vez la ayudase a ver las cosas más claras. Pero... “No, la ropa sucia se lava en casa”, se dijo finalmente, desviando la mirada.

—Vamos, mujer, no te hagas de rogar -insistió Martha-. Acaso no sabés que con la boca cerrada no se llega a ninguna parte. En mí podés confiar, soy una tumba.

—No ha pasado nada. Es lo de siempre, los problemas de cada día, las discusiones con los hijos...

—Los hijos, siempre los hijos.

Te preocupas demasiado por ellos -dijo sentándose en una silla de la cocina.

“¿Cómo no voy a hacerlo, si son la cosa más importante de mi vida?”, se preguntó Joaquina azorada.

—¿Querés que te haga una confidencia? Creo que me alegro de no haberlos tenido. Y no es que me guste estar sola... Pero los hijos son un quebradero de cabeza. Te lo digo yo, ¡que también fui hija!

—Siempre tienes una broma a punto.

—¿Sabés por qué? Porque cuando hablo demasiado en serio siento unas cosquillitas aquí, en el estómago. ¡Y son de feas! Más feas que un susto a medianoche.

En aquel momento se abrió la puerta. Joaquina se giró rápidamente. Confiaba en que fuera Gustavo que venía a comer. Pero no, era Fernando que volvía del instituto.

—Hola -le dijo y, sin quererlo, en su rostro apareció un cierto desencanto. A Fernando no se le pasó por alto y, aunque de buena gana hubiese preguntado qué sucedía, no soltó palabra. Era muy tímido y reservado, difícilmente se animaba a pronunciar el sinfín de preguntas que acudían a su cabeza.

Dejó la mochila sobre la mesa y respondió un tanto cohibido:

—Hola.

Martha se incorporó casi de un salto y, llevándose las manos a la cabeza, exclamó:

—¡Es tardísimo! Hoy tengo que entregar un vestido y todavía me falta coserle el ruedo. Querida, dame los huevos, ¿querés? Mañana, sin falta, te los devuelvo.

Poco después, cuando se disponía a marcharse toda apresurada, con los huevos en la mano, se encaró con Fernando y le dijo:

—A ver si se portan bien ustedes dos y no hacen rezongar a la mamá. La pobre no gana para disgustos. ¡Adiós!

Fernando sintió un escalofrío y se le puso la piel de gallina.

“¿Ya lo habrán descubierto?”, se preguntó con el corazón en vilo.

“¡Menudo follón se organizará si saben algo! Papá es capaz de zurrar a Gustavo hasta dejarlo morado.” Y en su afán de averiguar algo se dirigió a la cocina.

—Mamá, ¿puedo ayudarte? -le preguntó a media voz.

Joaquina no lo había oído acercarse y se sobresaltó tanto que estuvo a punto de dejar caer la jarra que tenía en las manos. Era evidente que estaba echa un saco de nervios. Haciendo lo imposible por serenarse, respondió:

—Pon la mesa.

Apoyada contra el fregadero lo siguió con la mirada y, aunque no tenía por costumbre compararlos, no pudo menos que reconocer: “Son tan diferentes. Fernando, tan dócil, apocado, de pocas palabras... Es el que más se parece a mí. En cambio Gustavo es un calco de su padre. Vaya carácter. Y a medida que crece está cada vez peor. Ya no sé qué voy a hacer con él”.

—Mamá, ¿cuántos platos pongo?

—Tu padre no vendrá.

Fernando calló, indeciso, aunque por fin se atrevió a preguntar:

—¿Y Gustavo?

—No lo sé, fue a estudiar con unos compañeros -mintió ella-.

Pónselo por si acaso se presenta a comer.

Pero Gustavo no apareció, ni siquiera llamó para avisar que no iría. Una vez terminada la comida, Fernando regresó al instituto. Y Joaquina, cosa que no era habitual en ella, sin ánimos de meterse en la cocina a lavar los platos, se sentó junto al teléfono a hojear una revista.

Trataba de concentrarse en la lectura, pero lo cierto es que no se enteraba de lo que leía. Hasta que a media tarde finalmente el teléfono despertó de su letargo con un estridente “¡riiiing!” Joaquina lo cogió con premura.

—¿Sí?

—Buenas tardes, ¿familia Costa?

—Así es.

—Llamo del instituto Varela.

¿Usted es la madre de Gustavo?

—Pues sí...

—Quisiéramos hablar con usted lo antes posible. ¿Cuándo podría pasar por aquí?

Joaquina no sabía qué responder. “Hoy.. Mañana... Nunca...” No había acabado de decidirse, cuando la voz la apremió:

—Sería preferible que viniera esta misma tarde. ¿Le va bien a eso de las siete?

Joaquina trató de buscar una excusa para convencerse a sí misma de que aquella tarde no podía ir, que tendrían que dejarlo para más adelante. Pese a su empeño, no encontró ningún argumento válido que le impidiera asistir a tan inesperada convocatoria, por lo que no tuvo más remedio que aceptar.

—Bien, a las siete.

Era evidente que las novedades no iban a ser precisamente buenas, y sólo le quedaba por averiguar cuán malas serían. Consultó su reloj y vio que no le sobraba mucho tiempo.

Se cambió, y cuando se disponía a salir, instintivamente se caló sus gafas de sol oscuras. Al cerrar la puerta tras de sí, se sintió tan desamparada como aquella vez que, siendo una niña, se perdió en la playa en medio del gentío.

Claro que en esa ocasión pronto encontró una mano amiga que la acompañó, pero ahora...

En aquel preciso momento Martha abrió la puerta de su casa.

Joaquina oyó cómo se despedía de la clienta y le decía:

—Ya verás, ¡vos vas a ser la más linda de la fiesta! Y si las otras, muertas de envidia, te preguntan quién te hizo el vestidito, les das mi dirección, ¿eh? No te olvidés. ¡Chau, con esa pinta destrozarás corazones, te lo juro!

—Adiós -se despidió la otra, y se marchó escaleras abajo con el prometedor vestido entre los brazos. Sólo entonces se percató Martha de la presencia de Joaquina, y mirándola de arriba a abajo, exclamó:

—¡Qué elegancia, che! ¿Te vas a ligar o qué?

—Ay, Martha, ¡qué ocurrencias! Cualquiera diría que soy de ésas.

Entonces, Martha se echó la melena sobre la cara, entornó los párpados y, al tiempo que simulaba fumar, empezó a canturrear con bastante sorna:

 

Esa oscura clavelina que va de esquina en esquina volviendo atrás la... cabeza.

Y, ¡zas, otro golpe de melena!

—Eres increíble -dijo Joaquina.

—Cuánta razón tenés, querida.

¡Si ni yo misma me creo! -y se rió de buena gana, pues le costaba muy poco festejar sus propias ocurrencias. Luego, acercándose a ella, le preguntó en tono cómplice-: Y... ¿me podés decir entonces adónde vas?

—Al instituto de los chicos.

Me han llamado, parece que quieren hablar conmigo -y, casi en seguida, sin pensárselo dos veces, le sugirió-: ¿Podrías acompañarme?

—No sé, no sé... Mirá, a mí eso de los institutos, de las escuelas y de los libros nunca se me dio muy bien. Pero, bueno, tratándose de vos haré un esfuerzo. Entra, esperáme un segundito que me pongo mona y salimos.

Para ponerse mona se pintó los labios, se alborotó la melena y se perfumó generosamente.

—¡Bomboncito! -exclamó mirándose en el espejo y, mientras se dirigía hacia donde estaba Joaquina, que la miraba atónita, explicó-: Si yo no me digo algún piropo de vez en cuando, no me lo dice nadie. Hay que ver, ¡qué sosos se han vuelto los hombres, ya no te sueltan una frase agradable ni aunque los matés!

Y se fueron caminando del brazo.

Durante el trayecto Martha no cesó de hablar, mientras Joaquina la observaba admirada, pues en realidad ella era mujer de pocas palabras. Nunca había sido una gran conversadora, y con el tiempo se había vuelto aún más parca, quizá porque no disponía de muchas ocasiones para charlar a gusto.

Con su marido casi no hablaba, no porque estuvieran enfadados, sino..., porque se habían acostumbrado a convivir en silencio, comentando lo indispensable. En cambio Martha era una fuente inagotable de palabras.

—No lo dudés, en cuanto llegue a casa me tumbo en el sofá con las piernas en alto y me aplico una buena mascarilla. Las hay que son casi milagrosas -explicaba Martha divertida, en el momento en que llegaron ante el instituto-. Así esta noche estaré como una rosa y podré ir al baile. Qué querés que te diga, ¡no hay nada como mover el esqueleto al compás de la música!

Sobre todo si estás entre los brazos de un apuesto caballero.

Mmmm...

—Ya hemos llegado... -le advirtió Joaquina para que callara.

—Mirá vos, qué escuela más linda. Con una escuela así hasta a mí me darían ganas de estudiar -pero se apresuró a aclarar-: Es un decir, ¿me entendés, querida?

Joaquina no respondió, limitándose a asentir con la cabeza. Se adelantó un poco y se dirigió al conserje:

—Buenas tardes, estoy citada con la tutora de Gustavo Costa.

Como el hombre ya estaba avisado, las condujo sin demora hasta una pequeña sala en el primer piso.

En aquel momento Joaquina sintió deseos de pedirle a Martha que aguardara afuera. Mas luego consideró que no sería demasiado amable de su parte, y permaneció quieta y en silencio.

Martha, en cambio, no hacía más que husmear por todas partes. Al verla, cualquiera diría que estaba allí con la intención de comprar el instituto, dada su manera de examinar cada uno de los detalles. Pero cuando se presentó la tutora, corrió a sentarse junto a Joaquina.

La tutora también se sentó y, aunque se esforzaba en sonreír, Joaquina presintió que las noticias serían más alarmantes de lo que esperaba. Cruzó las piernas y apretó el bolso contra el pecho.

Hacía años que no rezaba, pero mientras aguardaba las primeras palabras, a su manera le pidió a Dios que le echara una mano.

La tutora rompió finalmente el silencio:

—Me decidí a llamarla por teléfono en vista de que usted no respondía a mis notas.

—¿Qué notas? Gustavo no me ha entregado ninguna nota -se disculpó rápidamente Joaquina toda azorada.

—Las últimas se las hice llegar a través de Fernando -explicó la tutora.

Joaquina tuvo la sensación de que el suelo se movía bajo sus pies. “Tampoco puedo confiar en Fernando...”, se dijo.

Permanecieron las dos calladas, evitando mirarse a los ojos. Y Martha, a quien este tipo de situaciones le daban tanto miedo como las películas de terror, sin saber qué hacer para estarse quieta, preguntó:

—¿Puedo fumar?

—Sí, claro. Aquí tiene un cenicero.

Con bastante esfuerzo, Joaquina consiguió reunir el coraje suficiente como para preguntar:

—¿Qué sucede, pues?

—Hace tiempo que Gustavo no aparece por la escuela. Tiene el curso perdido. Y por si esto fuera poco, sus compañeros me han comentado que últimamente lo han visto con gente... poco recomendable.

—¡Dios mío! -exclamó Joaquina con voz lastimera-, ¿qué voy a hacer con este chico?

La tutora no respondió, quizá consideró que eso ya sería meterse demasiado en un terreno que no era de su incumbencia. Quien no dudó en hacerlo fue Martha, que con el cuello erguido, sentenció:

—Pero, ché, tenés que hablar con él en seguida. ¿No ves que mañana puede ser demasiado tarde?

Y tenés que decírselo al padre.

No se lo podés ocultar.

—Sí, eso haré -murmuró Joaquina mientras se incorporaba. Y, luego de despedirse, se marcharon.

Durante el camino de regreso, Martha tampoco dejó de hablar.

Pero entonces Joaquina no la escuchaba, tal era su desconcierto y tan grande su desazón. Y al llegar al rellano, se apresuró a despedirse:

—Gracias por acompañarme.

¡Adiós!

—No tenés nada que agradecerme: hoy por vos y mañana por mí -aclaró Martha; entonces cada una entró en su casa. Martha corrió a prepararse la mascarilla y, cuando se la hubo aplicado, se tumbó en el sofá.

Mientras tanto, Joaquina aguardaba con impaciencia a que llegara Gustavo. Estaba decidida a coger el toro por los cuernos antes de que fuera demasiado tarde.

Hablaría con su hijo cara a cara y le sacaría la verdad. Pero Gustavo no aparecía y ella sentía que los nervios se la comían viva.

Fernando apareció a la hora de costumbre. Aún lucía las mejillas encendidas y una gran sonrisa le iluminaba la cara: ¡es que ya no era suplente en el equipo de fútbol, acababan de nombrarlo titular!

Y eso que aún no había cumplido los dieciséis años.

Durante el camino había planeado que, nada más entrar en casa, soltaría a los cuatro vientos la buena noticia. Pero, al verlo, sin darle tiempo a abrir la boca, Joaquina se abalanzó sobre él. Incapaz de controlar sus palabras ni su tono de voz, empezó a increparlo:

—¿Se puede saber por qué no me entregaste las notas que te dieron en el instituto? Tú sabías que Gustavo no iba a clase, ¿por qué no me lo has dicho?

Fernando bajó la cabeza. Sabía que tarde o temprano ese día llegaría y se había hecho firme propósito de mantener la boca cerrada.

Jamás delataría a su hermano. Se lo había prometido y estaba decidido a cumplir su palabra. Habían estado siempre muy unidos y ahora no lo dejaría en la estacada. Con lo mal que lo estaba pasando, sólo le faltaba que también él le fallase.

En vista de que de nada servía insistir, Joaquina le ordenó que se fuera a su habitación. Como tenía por costumbre, Fernando obedeció sin rechistar. Entonces, sentado sobre la cama con las piernas encogidas, esperó, preguntándose cómo acabaría todo aquello.

Pero esperar de brazos cruzados se le hacía tan insufrible, que por fin se incorporó decidido a colocar en la pared el nuevo póster de Saviola: su ídolo.

Fernando confiaba en que con el tiempo sería tan buen jugador como él y eso le hacía soñar con los ojos abiertos.

Estaba concentrado en la tarea cuando, al cabo de un rato, oyó ruido de ollas y platos, por lo que adivinó que su madre preparaba la cena. Poco después oyó entrar a su padre.

—Hola -dijo Ramón con voz cansada, y sin más se dejó caer en el sofá.

Casi en seguida Joaquina le acercó las zapatillas y un vaso de vino, y regresó a la cocina.

Ramón no reparó en la expresión de su rostro, que a ojos vistas delataba su estado de ánimo. Sólo a la hora de la cena, al estar sentados los tres frente a frente, notó que sucedía algo raro, pues nadie decía ni pío.

—¿Se puede saber qué pasa?

-preguntó, aunque sin demostrar demasiado interés.

Y de un tirón, pues de otra forma no hubiera sido capaz, Joaquina le explicó toda la historia.

Ramón dio tal puñetazo sobre la mesa que hizo saltar los platos, y echando atrás la silla se incorporó furioso, al tiempo que exclamaba:

—Me rompo el alma trabajando para ellos y así me lo pagan. Pues si no le gustan los estudios, tendrá que trabajar. En casa no quiero vagos.

—Tal vez deberíamos darle otra oportunidad -intercedió Joaquina, a sabiendas de que cuando Ramón tomaba una decisión luego era más duro que una piedra y difícilmente cambiaba de idea.

—Cállate. Tú eres más blanda que el agua y sólo has sabido malcriarlos. ¡Pero mira lo que has conseguido con ello! Déjalo de mi cuenta, me ocuparé de él y si lo que necesita es mano dura, la tendrá. Puedes estar segura de ello.

Y como no quería seguir hablando del asunto, se encerró en su habitación. Después de recoger la mesa, Fernando hizo otro tanto.

Joaquina se quedó sola. Deseaba que Gustavo la encontrara levantada. Pero se hicieron las tantas sin que apareciera y, al final, no tuvo más remedio que ir a acostarse.

Ya en la cama, le era imposible conciliar el sueño. Daba vueltas para un lado y para el otro y...

nada. Siempre sucedía lo mismo, hasta que no lo oía regresar estaba con el corazón en vilo.

Finalmente, a altas horas de la madrugada, lo oyó llegar. Entonces respiró con alivio y, casi sin darse cuenta, se durmió. Estaba francamente agotada.

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