Capítulo 1

Hay varias cosas con las que una puede contar durante la Temporada de Londres: un incontenible aluvión de invitaciones, amigos cuyas lealtades se revelan sospechosas, y al menos un pretendiente excesivamente fervoroso. Este año no iba a ser la excepción.

Habiendo abandonado recientemente el luto por mi difunto esposo, Philip, vizconde de Ashton, tenía la determinación de adoptar una postura hedonista ante la vida social, cosa que esperaba supondría no aceptar más que las invitaciones más atrayentes y verme obligada a descartar conocidos desleales. Esto me permitiría disfrutar de los meses estivales en lugar de arrastrarme de fiesta en fiesta, sintiéndome mortalmente exhausta y siendo objeto del cotilleo que alimenta los juegos de los jóvenes bárbaros.

No obstante, casi de inmediato quedó claro que mi teoría era errónea. Declinar asistir a fiestas resultó no tener el efecto deseado. En lugar de dejarme fuera de sus listas de invitados, la gente parecía suponer que estaba tan solicitada que prefería asistir a eventos más exclusivos que los suyos, y hay pocas formas mejores de incrementar el volumen de invitaciones que aparentando popularidad. De manera que durante un breve —muy breve— período de tiempo, mis semejantes me tuvieron en alta estima. Fue durante este período cuando me encontré en casa de Lady Elinor Routledge, una de las anfitrionas más distinguidas de Inglaterra y vieja amiga de mi madre. Por definición, pues, el estatus social de una persona le preocupaba más que cualquier otra cosa. A pesar de ello, había decidido asistir a su fiesta en el jardín por dos motivos. En primer lugar, quería ver sus rosas que, según el rumor, no tenían igual en toda Inglaterra. En segundo lugar, esperaba conocer a Mr. Charles Berry, un joven cuya presencia en la ciudad había provocado cierto revuelo entre la aristocracia. Las rosas sobrepasaron todas mis expectativas; desgraciadamente, el caballero no.

Al entrar en el jardín de Meadowdown, una se veía transportada del persistente calor de las calles de Londres a un espléndido oasis. Con motivo de la fiesta, se habían distribuido pequeñas carpas por entre setos, árboles y lechos de flores, garantizando así que los invitados nunca estuviesen más que a solo unos pasos del fresco, y el son de una pequeña orquesta se deslizaba por los jardines. Las jóvenes revoloteaban por ahí, con sus vestidos de vivos colores compitiendo con las flores por la atención y raramente perdiendo la batalla. Los caballeros, vestidos con levitas negras, también se veían elegantes, manteniendo a sus acompañantes bien provistas de helados, fresas o cualquier otra delicia que se les antojase. Et in arcadia ego. Poco costaría imaginar en tal escenario a un príncipe casadero, todo cortesía y desenfado, otorgando sus favores graciosamente a quienes le rodeaban. Pero no había tal caballero en casa de Lady Elinor aquel día. El único príncipe allí presente, si se le podía llamar así, fue una seria decepción.

Los ideales románticos que rodean a un heredero al trono raras veces logran sobrevivir a un minucioso escrutinio. En el caso de Charles Berry, dichos ideales apenas se sostenían bajo una observación distante. Su apariencia no era desagradable, pero sus modales eran terribles, y decir que era propenso a beber más de lo debido constituiría en realidad una afirmación muy diplomática. Las jóvenes damas que seguían cada uno de sus movimientos ignoraban alegremente todo esto, cautivadas por la idea de casarse con un miembro de la realeza. La situación se hacía todavía más ridícula cuando se tenía en cuenta que el trono al que Mr. Berry aspiraba ya no existía.

Esperaba que fuese más apuesto. —Cécile du Lac juzgaba a las personas rápidamente y raras veces cambiaba de opinión. Nos conocíamos desde hacía menos de un año, pero se había convertido en una de mis confidentes más íntimas casi desde el momento en que la había conocido, a pesar de que su edad estaba más cercana a la de mi madre que a la mía. Lo observaba mientras continuaba hablando —: Y carece por completo del espíritu generoso que una espera encontrar en un monarca. De no poder alegar una relación directa con Luis XVI y María Antonieta, la sociedad lo tendría en mucha menor estima.

Prácticamente desde el mismo momento en que el hijo y heredero de Luis XVI había muerto en una prisión francesa durante la revolución, comenzó a circular el rumor de que el muchacho había escapado. Ahora, cerca de un siglo más tarde, seguían apareciendo caballeros proclamando ser descendientes de Luis Carlos. Charles Berry era el último en afirmarlo, y su historia contenía detalles suficientes para convencer a los supervivientes de la familia Borbón para aceptarlo como bisnieto del delfín.

No lo juzguen con demasiada dureza —dijo Lady Elinor moviendo grácilmente sus manos en un gesto diseñado no para enfatizar sus palabras, sino para hacer ostentación del espectacular anillo de rubíes que lucía en la mano derecha—. Ha tenido una vida difícil.

—¿Lo conoce usted bien? —le pregunté.

—Estudió en Oxford con mi hijo George, aunque no se movían en los mismos círculos. George siempre ha sido muy serio. Ha salido a su padre. —El marido de Lady Elinor, Mr. John Routledge, era un hombre firme, si bien un tanto seco, que había sido ministro de la hacienda pública hasta su muerte hacía unos años. George, que era mucho mayor que su hermana, había entrado a formar parte del cuerpo diplomático y llevaba tanto tiempo destinado en la India que yo apenas podía recordar su aspecto—. Permítanme que les presente. Estoy convencida de que Mr. Berry les parecerá de lo más encantador.

El caballero en cuestión se encontraba a poca distancia de nosotras, rodeado de varias herederas muy deseables cuyas madres, a una prudente distancia, observaban cual halcones, poniendo gran empeño en discernir cuál de las muchachas cosechaba mayor atención del pretendiente a heredero de la Casa de Borbón. Yo me preguntaba si alguna de ellas habría considerado por un momento cómo sería ser la esposa de un hombre como él. Ninguna de las madres trató de disimular su irritación cuando Lady Elinor se lo llevó.

—¿Qué le parece Londres? —le pregunté una vez hechas las presentaciones.

—Una ciudad maravillosa, pero debo reconocer que añoro París. Tengo grandes esperanzas de que mi trono sea restaurado.

—¿De verdad, Monsieur Berry? —preguntó Cécile, incrédula—. No tenía ni idea de que la Tercera República estuviese en peligro de ser reemplazada por una monarquía.

—Francia sería muy afortunada de contar con usted —dijo Lady Elinor.

—No es imposible. Por supuesto, yo nunca pretendería buscar tal cosa, pero si resulta ser la voluntad del pueblo... —Dejó su voz suspendida en el aire y me miró como evaluando mi valía—. Usted, Lady Ashton, sería todo un ornamento en cualquier corte.

—Me halaga usted. —Percibí una fugaz mirada de desagrado sobre el rostro de Lady Elinor y me di cuenta de que también ella había caído víctima del deseo de un marido de la realeza para su hija. Isabelle era una muchacha dulce, que vivía su segunda temporada. No era bonita, no en el modo clásico, pero poseía unos brillantes ojos y una sonrisa entusiasta que compensaban sobradamente cualquier imperfección de sus rasgos. Confieso que me sorprendió lo mucho que había madurado durante el último año: la niña que recordaba siguiéndome por todas partes tras mi propio debut, pidiéndome historias sobre bailes y fiestas, había desaparecido por completo. Si todavía albergaba alguna de las ideas románticas que tenía cuando niña, iba derecha a la decepción, a menos que lograse convencer a su madre de que Mr. Berry no era un pretendiente deseable. Decidí desviar por completo el tema de conversación del caballero y me dirigí a mi anfitriona—: ¿Ha visto a Mr. Bingham esta tarde?

—Llegó hace menos de media hora —respondió Lady Elinor—. Aunque debo advertirle que no es hombre de conversación distinguida.

—Lo sé muy bien. Posee una vasija de libación de plata, de las que los antiguos griegos utilizaban para las ofrendas a los dioses, con una decoración exquisita: Atenea, Hermes, Dionisos y Ares sobre carros conducidos por Nikes aladas.

—¿Qué es una Nike? —preguntó Lady Elinor.

—La Victoria. Tal vez haya visto la Nike de Samotracia en el Louvre.

—Ah, sí. Qué... interesante que sepa usted de ese tipo de cosas.

—Llevo los últimos tres meses tratando de convencer a Mr. Bingham para que me venda la pieza y apenas he conseguido una palabra de cortesía por su parte.

—¿Es usted coleccionista? —preguntó Mr. Berry.

Mí difunto marido lo era, pero también realizaba muchas donaciones al Museo Británico. Yo he continuado esa práctica, si bien debo admitir que no siempre me resulta fácil desprenderme de lo que he adquirido. Pero en este caso, quiero la phiale para el museo. Significa demasiado como para dejarla languidecer en una casa particular. Esperaba poder persuadir a Mr. Bingham para que la donase él mismo, pero no se deja convencer.

—¡Qué lista es usted! —dijo Lady Elinor volviéndose a continuación hacia Mr. Berry—: Lady Ashton es toda una erudita.

—Sin duda habrá abandonado usted toda pretensión de estudiar durante la Temporada —preguntó.

—Estudiar griego, Mr. Berry, será lo que me ayude a superar la Temporada. —Soltó un gruñido de desagrado y Lady Elinor sonrió, segura de que tacharme de erudita bastaría para evitar que el caballero llegase a interesarse demasiado en mí. Yo esperaba que estuviese en lo cierto.

—Habla casi como un inglés, Monsieur Berry —dijo Cécile—. Esperaba encontrarle más francés.

Pasé gran parte de mí juventud en los Estados Unidos. No hablábamos francés, ni siquiera en casa. Mi padre me envió a Oxford a la universidad y he vivido en Inglaterra desde entonces. Era un hombre muy reservado, nunca quiso que la opinión pública conociese su verdadera identidad. Yo respeté su opinión mientras vivió, pero ahora que ha muerto, creo que es el momento de reclamar mi herencia. —Se acercó a Cécile y añadió en voz baja—: La visión de sus pendientes me emociona más de lo que pueda imaginar. Entiendo que pertenecieron a mi arrière-arrière-grand-mère.

Así es, monsieur, creí apropiado lucirlos para conocer al pretendiente al trono Borbón. María Antonieta los llevaba puestos cuando fue arrestada durante la revolución.

—Cómo desearía poder tocarlos. —Se acercó todavía más a ella y, por un momento, creí que extendería la mano para tocarlos.

Isabelle, que había sido llamada al lado de su madre, frunció el ceño.

—¿Los llevaba cuando la arrestaron? —preguntó—. ¿No teme que le traigan mala suerte?

—En absoluto —respondió Cécile.

—Es el tipo de cosa que lleva una maldición consigo, el trágico destino de un dueño anterior cerniéndose sobre toda persona que la posea —dijo Isabelle con aire dramático.

Le aseguro, mademoiselle, que no me preocupa lo más mínimo —dijo Cécile, encogiéndose de hombros.

—¿Dónde los conseguiste, Cécile? —pregunté.

—Mi hermano los compró para su prometida. Desgraciadamente, ella murió antes de llegar a casarse y él me los regaló a mí.

—¿Murió antes del matrimonio? —pregunté—. Sin duda la pobre mujer estaba maldita.

—En absoluto. Claudette era de naturaleza enfermiza mucho antes de que Paul le regalase los pendientes.

Aunque contaba a Cécile entre mis amistades más queridas, esta historia de su hermano, así como unos vagos rumores de que sus antepasados habían sido simpatizantes de la monarquía durante la revolución, eran prácticamente toda la información que había oído sobre su familia. Como yo, era viuda, aunque su marido había muerto hacía casi treinta años. Eso fue lo que nos unió inicialmente, no solamente el haber perdido a nuestros maridos, sino el haber perdido maridos a los que no llorábamos.

—Yo dudaría en ponérmelos —dijo Isabelle—, es usted muy valiente.

—Haría falta algo más que una maldición para parar a Madame du Lac —dijo Colin Hargreaves, dirigiéndose con firmes zancadas hacia nosotras, luciendo una amplia sonrisa—. ¿Me traicionan los ojos? ¿O acaso es cierto que bastan las delicias de la Temporada para persuadir a Lady Ashton para abandonar los placeres de Grecia?

—¡Colin! —exclamé, sintiendo un inconfundible rubor de placer conforme él rozaba levemente sus labios sobre mi mano enguantada, con el color ascendiendo hasta mis mejillas al encontrarse nuestros ojos—. Tu carta decía que estarías en Berlín hasta la semana que viene.

—Mi empresa terminó con mayor rapidez de la esperada. Fui a verte a Berkeley Square no hace una hora y tu mayordomo me dijo que podría encontrarte aquí. Lady Elinor ha sido muy amable de recibirme sin invitación. —Su rostro ya estaba bronceado de cabalgar bajo el sol estival.

—Siempre es usted bienvenido en mi casa, Mr. Hargreaves —dijo nuestra anfitriona, claramente aliviada al ver que un caballero que no fuese Mr. Berry me prestaba atención—. ¿Conoce usted a Mr. Berry?

—Sí, pasamos algún tiempo juntos en el Continente esta primavera. —Esto me sorprendió. Colin nunca había mencionado a Mr. Berry en ninguna de las cartas que me había enviado a lo largo de los últimos meses, y Mr. Berry no me parecía la clase de hombre con quien Colin estaría interesado en pasar su tiempo.

—Lady Elinor, ¿podría indicarme dónde conseguir una copa de burdeos? —preguntó Cécile con una taimada sonrisa en los labios.

—¿Puedo traérsela, Madame du Lac? —preguntó Colin.

Non, merci, Monsieur Hargreaves. Eso abortaría por completo mi propósito. —Le dio un golpecito en el hombro con el abanico al hablar, y luego se volvió hacia Mr. Berry—: Venga usted con nosotras, caballero. Me gustaría saber más acerca de sus planes para Francia. —Isabelle se rezagó un momento, pero una severa mirada de su madre la conminó a seguir al grupo.

—Nunca podré agradecerle lo bastante a Cécile su continuado interés en dejarme a solas contigo —dijo Colin, besándome la mano de nuevo en cuanto nos dejaron—, aunque preferiría un entorno más íntimo. Nada me gustaría más que tomarte en mis brazos.

—No te atreverías —repliqué, medio deseando que lo hiciese, con la mano todavía caliente donde sus labios se habían posado—, pero supongo que es mejor no provocar escándalos tan al comienzo de la Temporada. ¿Estás libre para cenar esta noche?

—Desgraciadamente no. Tengo un compromiso previo.

—¿Un compromiso previo?

—Soy un soltero muy codiciado, Emily. Debes comprender que mi agenda esté llena los próximos meses.

—Bien, espero que tengas en consideración mis sentimientos antes de comenzar a hacer proposiciones a cualquiera de las debutantes que con seguridad se pondrán a tus pies. Me sentiría bastante perdida si te negases a ayudarme con el griego.

—Qué amable por tu parte encontrarme alguna utilidad. —Me estrechó la mano—. En realidad, será el trabajo lo que me aleje de ti esta noche.

—¿Algo que pueda ser de mi interés? —pregunté. Colin era llamado con frecuencia al Palacio de Buckingham para ayudar en asuntos que, como él explicaba, requerían no poca discreción.

—No, sin duda. —Sin pronunciar otra palabra, me llevó, un tanto a la fuerza, a un rincón tranquilo del jardín donde, si bien no teníamos la intimidad que mi biblioteca nos hubiera proporcionado, pudimos saludarnos de forma mucho más satisfactoria.

Aquella noche, aunque hubiera deseado poder ver a Colin, me dediqué a la traducción de algunos pasajes de la Odisea de Homero. Me llevé el libro a la cama, donde continué con la lectura hasta que me dejé llevar por el sueño, solo para despertarme mucho antes del amanecer, molesta porque la dura cubierta del libro se me había clavado en la espalda. Me senté, recogí mis ahora arrugados papeles y los coloqué sobre la mesita de noche. Cuando estaba dejando el volumen de Homero sobre ellos, algo se movió junto a la pared de enfrente. Dudé solo un instante antes de levantarme de la cama sigilosamente para investigar, pero llegué demasiado tarde. Allí no había nada. Habría creído que no era más que un sueño de no haber notado que las cortinas comenzaban a mecerse. Las descorrí, medio esperando encontrar a alguien de pie ante mí. En su lugar, todo lo que vi fue la ventana que, cerrada cuando me había acostado, estaba ahora abierta de par en par, con la lluvia entrando en mi cuarto.

Rápidamente encendí la lámpara, sobresaltándome cada vez que las huidizas sombras que me seguían captaban mi atención. Era verano, pero sentí un escalofrío que no pude sacudirme de encima. Mis cortinas de seda estaban empapadas y echadas a perder pero, aparte de eso, todo parecía igual que cuando me había dormido. No obstante, llamé a mi mayordomo y crucé el pasillo hasta el cuarto donde dormía Cécile. Parecía que estaba exagerando hasta que ella inspeccionó sus joyeros. Todas las cerraduras habían sido forzadas, pero de todas las exquisitas joyas que contenían solo una faltaba: los pendientes de diamantes con forma de lágrima de María Antonieta, los que Cécile había llevado aquella tarde.

Davis, mi mayordomo, mandó llamar a la policía de inmediato, y su exhaustivo examen de mi casa probó lo que yo había sospechado tras ver los joyeros de Cécile: no faltaba nada más que los pendientes. Las antigüedades de incalculable valor expuestas en mi biblioteca, los cuadros de los viejos maestros que se podían encontrar por toda la casa y mis propias joyas estaban intactos. Ni siquiera habían tocado el collar de diamantes y esmeraldas de doscientos quilates que había junto a los pendientes. Nuestro ladrón sabía lo que quería.

—Es difícil enfurecerse con un hombre que muestra un gusto tan refinado —dijo Cécile a la mañana siguiente, mientras nos sentábamos ante la mesa del desayuno—. Está claro que no le motiva la codicia.

—Es una pena que tus perros no ladrasen para alertarnos del intruso. —Cécile se negaba a abandonar su casa de París sin sus mascotas y a visitarme a menos que transigiese en que los trajera. César y Brutus eran animales minúsculos, con más probabilidades de esconderse en presencia de un gato que de ladrar a un ladrón—. Si me hubiese despertado antes, tal vez lo hubiera visto —dije, frunciendo el ceño. La policía había encontrado pisadas en la parte del jardín que daba a mi cuarto y, aunque la lluvia había borrado cualquier rasgo identificativo, pudieron determinar que el intruso se había introducido en la casa a través de mi ventana. Esta revelación inquietó profundamente a Davis, que reprendió a todo el servicio y me aseguró que comprobaría personalmente las cerraduras de la casa cada noche. Yo no consideré responsable a nadie. De no haber llovido, habría dado instrucciones a mi doncella para que dejase la ventana abierta, y así se lo dije a Colin cuando llegó para encontrarnos a Cécile y a mí todavía desayunando.

—En adelante, será mejor dejar las ventanas cerradas con candado. Me alegra mucho veros a las dos ilesas después de vuestra terrible experiencia. No hubiera venido a una hora tan intempestiva si no estuviese preocupado por vosotras.

Cécile sonrió.

—Siempre he deseado desayunar con usted, Monsieur Hargreaves. Permítame asegurarle que nos encontramos bastante bien, aunque sospecho que de haber estado usted aquí anoche mis pendientes no habrían desaparecido. Qué pena que tuviese usted otros planes.

—Aunque hubiera venido anoche, no habría estado aquí tan tarde.

Cécile me dirigió una mirada maliciosa.

—Desde luego, eso no debo ser yo quien lo diga —dijo.

—¿Cómo te enteraste del robo? —pregunté.

—Me avisó un amigo de Scotland Yard.

—¿Vas a investigarlo?

—No, Emily. No soy detective.

—Para desgracia nuestra, Monsieur Hargreaves —dijo Cécile.

—No deja de ser un caso extraño —dijo Colin—. Entraron en casa de Lord Grantham hace tres semanas, y el único objeto que se llevaron fue una caja de Limoges. A la semana siguiente, desapareció un tintero dorado de la casa de Mrs. Blanche Wilmot. Ambos objetos pertenecieron a María Antonieta.

—Tengo grandes esperanzas para nuestro ladrón, Monsieur Hargreaves —dijo Cécile—. Es raro encontrar un hombre tan centrado.

—No hay razón para creer que volverá aquí otra vez, a menos que alguna de ustedes esconda otra de las funestas posesiones de la reina.

—No, así que supongo que estamos seguras —dije, frotándome las sienes y sintiéndome súbitamente cansada—. Debo admitir que me pone nerviosa esta violación de mi intimidad.

—Le pediré al inspector Manning, a quien se le ha asignado el caso, que ponga patrullas cerca de tu casa. No debes preocuparte.

—No conozco al inspector pero usted, Monsieur Hargreaves, me inspira total confianza —dijo Cécile—. No me importaría depender de usted. —Le dio una palmadita en el brazo al pasar junto a él—. No entretenga demasiado a Kallista. —Cécile no había abandonado la costumbre de llamarme por el nombre que mi difunto marido me había puesto.

—Las emociones parecen seguirte —dijo Colin, aceptando la taza de té que le serví.

—Siguen a Cécile. Yo nunca he tenido nada de María Antonieta.

—Me alegro. —Sus oscuros ojos se iluminaron—. No puedo soportar la idea de que un criminal haya entrado en tu cuarto. Debería haber venido a verte anoche.

—El comentario de Cécile no era un reproche. Solo quería que considerase la idea de tenerte aquí a tan avanzadas horas de la noche. Es una influencia bastante perversa.

—Entonces estaré eternamente en deuda con ella.

—Igual que yo.

—¿Y has considerado la idea de tenerme aquí a tan avanzadas horas?

—En efecto, y me pareció de lo más agradable. —Nuestros ojos se encontraron. Mi cansancio se desvaneció de golpe, y el sentimiento de violación fue reemplazado por una adorable calidez—. Tal vez podrías venir conmigo a Grecia después de la Temporada. —Había pasado gran parte de la primavera explorando Grecia, empleando como base de operaciones la villa que había heredado tras la muerte de Philip.

—No creo que sea muy apropiado que viajemos juntos.

—Creía que aprobabas mi perversión.

—Con todas mis fuerzas, pero no quiero verte tan pervertida. —Se levantó, rodeó la mesa hasta mí y tomó mis manos. Cerré los ojos anticipándome a su beso, cuando Davis entró en la habitación trayendo el correo matutino en una bandejita de plata. Colin se conformó con besarme la mano fugazmente y volvió a su asiento. Esforzándome por no mostrarme decepcionada, dirigí mi atención a los sobres que tenía delante. Con invitaciones a dos o tres bailes cada noche y otras tantas cenas, por no mencionar los tés, las fiestas al aire libre y los almuerzos, era fácil sentirse abrumada durante la Temporada. Y todo ello sin pensar en el Derby, Ascot, la Exposición Estival de la Royal Academy, o cualquiera de los numerosos eventos a los que una no debía faltar. Examiné la pila que tenía delante en busca de correspondencia personal.

—¿Algo interesante? —preguntó Colin.

Es improbable, a menos que me hayas enviado algo —aparté una nota de mi madre, plenamente consciente de que contenía una reprimenda por haber declinado la invitación a la recepción que su amiga Lady Elliot daba en honor de Charles Berry. Si bien mi madre estaba satisfecha con que me hubiera casado con un vizconde (especialmente debido a que la familia de Philip estaba emparentada con la realeza desde el reinado de Isabel I); había mostrado renovado interés por mi estatus desde que había abandonado el luto, y había retomado sus esperanzas de verme casada con un miembro de la realeza.

Otro sobre llamó mi atención. No tenía sello alguno, por lo que debía de haber sido entregado en mano. Dentro había un corto pasaje escrito en griego antiguo:

(Imagen no disponible)

—¿Lo has enviado tú? —pregunté, entregándoselo a Colin.

—Desgraciadamente no, aunque me gustaría. Estoy completamente de acuerdo con el sentimiento que expresa.

—¿Podrías traducírmela? Me temo que sería incapaz sin mi léxico.

«Nada es más dulce que el amor, y todas las cosas deliciosas son inferiores a él.» Es de la Antología palatina. Tal vez tu tutor haya sucumbido a tus encantos.

¿Mr. Moore? —me reí—. No lo creo probable. Si acaso, estará furioso por mi insistencia en leer únicamente a Homero. Aunque tal vez debería reconsiderar mi postura ahora que sé lo... inspiradora... que es la Antología palatina.

—Podrías centrarte en sus epígrafes religiosos.

—A Mr. Moore le gustaría mucho.

—¿Tienes alguna idea de quién puede haberlo enviado?

—Ni la más mínima.

—¿Debería estar celoso?

—Por supuesto que no. No estoy segura de que ni siquiera tú pudieses convencerme de volver a casarme, así que este admirador anónimo, quienquiera que sea, no tiene la más remota posibilidad.

—Oh, yo te convenceré, Emily. No lo dudes por un momento. El año que viene a estas alturas estaremos desayunando juntos a diario, y no será en el piso de abajo.

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