Aprendí a leer a los cuatro años, poco después de que mi hermano decidiera que no iba a leer más cuentos para mí. Desde entonces soy, ante todo, asiduo lector.

Estoy convencido de que esos cuentos, los que escuchamos o leemos de niños, marcan de manera irremediable nuestras vidas. Mi preferido siempre fue el de una pequeña hada, a veces muy poco juiciosa, cuya mayor afición era ayudar a los demás. Su indomable deseo de ayudar provocaba situaciones catastróficas hasta que aprendió a usar sus poderes con sabiduría. Poco a poco, descubrí que yo no tenía otro poder que hablar, que contar todas aquellas cosas que nadie más parecía notar. No detenía la marea ni aparecía pasteles para alimentar a los hambrientos, pero hacía historias como el mayor acto de amor del que era capaz: historias para mi mamá, historias para mi hermano, historias para mi perro, historias para mi vecino. Las palabras, supe entonces, tenían magia. Y yo la quería toda.

Con esa idea en mi cabeza, cuando tuve la edad suficiente, huí de casa para estudiar literatura. La mayor parte de los días no me arrepiento. Aprendí que, a pesar de aquel cuento, el saber no sustituye la pasión. Desde entonces, dedico mis horas de trabajo, pero también las de ocio, a las letras: doy clases, leo, escribo mis propias historias, les sugiero a otros cómo contar las suyas, organizo talleres de redacción y escritura creativa. Esa es mi manera de ayudar. Esa es mi vocación.